Cada mañana, cuando cruzo las puertas de la escuela, siento que estoy entrando en un lugar especial. No es solo un centro educativo, es un espacio de colores. Y digo “de colores” porque así es como lo percibo: lleno de matices, de creatividad, de voces que enseñan y de otras que aprenden. Es un sitio donde, además de trabajar, se respira ilusión.
Ser maestra de música es, para mí, un sueño cumplido. Siempre imaginé mi vida acompañada de melodías, ritmos y canciones… pero nunca pensé que lo haría en un contexto tan inspirador. Poder enseñar lo que me apasiona ya es un regalo, pero hacerlo en un entorno en el que me siento acompañada, escuchada y valorada, lo convierte en algo todavía más grande.
El equipo humano que me rodea hace que este “trabajo” se transforme en aprendizaje constante. Aprendo cada día, no solo desde la formación o desde la experiencia, sino también desde el compañerismo. Aquí se comparten ideas, emociones y hasta silencios que enseñan. Hay un equilibrio entre el esfuerzo y el disfrute, entre la exigencia y el cariño. Y en esa combinación encuentro la motivación para seguir creciendo.
El proyecto educativo de Escuela IDEO también suma a esta sensación de plenitud. Es un proyecto vivo, dinámico, que invita a salir de la zona de confort y te empuja a mirar con ojos nuevos. Me inspira a innovar, a adaptar la música a cada etapa, a cada momento vital del alumnado. Porque nada tiene que ver cantar con los peques de tres años que improvisar ritmos con adolescentes de trece. Y eso es, precisamente, lo que más me fascina: poder vivir los distintos registros, adaptarme, crecer con ellos y ellas.
Tengo la suerte de recorrer los pasillos y escuchar distintas voces, distintas edades… distintas músicas. Veo cómo el alumnado se desenvuelve con naturalidad, con alegría, con ganas. Y sé que, aunque trabajamos mucho, el esfuerzo se ve reflejado en sus sonrisas, en sus preguntas curiosas, en ese momento en el que una canción los conecta entre ellos o con algo más profundo.
Ser testigo del aprendizaje desde la emoción, desde la creatividad y desde el juego es algo que no se olvida. Y eso me empuja a seguir soñando, a seguir cantando, a seguir aprendiendo.
Porque cada saludo por los pasillos, cada sonrisa inesperada, cada aplauso después de una pequeña actuación, me recuerda que la música —y la escuela— son eso: conexión, crecimiento y vida.
Y ojalá siempre sea así.
Más música. Más aprendizajes. Más colores.
Alicia María Fariña, profesora de música en Infantil, Primaria y Secundaria