«Avalancha», «oleada», «invasión». En el debate sobre inmigración, estas palabras conviven con otras como «llegada» o «personas migrantes». Todas pueden referirse al mismo hecho, pero no lo presentan igual: las primeras convierten a seres humanos en una fuerza de la naturaleza o en un ejército, algo ante lo que solo cabe defenderse.

Ninguno de estos términos es inocente, y reconocerlo exige saber cómo funciona la lengua. Por eso el conocimiento lingüístico resulta hoy más necesario que nunca.

La propuesta de la LOMLOE

La utilidad de la gramática escolar se ha cuestionado a menudo, sin embargo la LOMLOE responde acertadamente y convierte la reflexión sobre la lengua en una competencia específica de importancia vital: el conocimiento del funcionamiento de la lengua debe servir para analizar las elecciones lingüísticas, comunicarse mejor e interpretar los textos con sentido crítico.

El método inductivo, observar enunciados, compararlos, transformarlos y extraer conclusiones, debe servir para entender y expresarse mejor. A ello se suma la competencia dedicada a la ética de la comunicación, que pide rechazar los usos manipuladores del lenguaje.

Leer intenciones

Por eso, la reflexión lingüística tiene sentido cuando vuelve a la comunicación. Al leer o escuchar, nuestros jóvenes deben ser capaces de descubrir lo que un mensaje hace además de lo que dice: quién aparece como responsable y quién desaparece tras una impersonal, qué se da por supuesto, qué se insinúa sin afirmarse. Al hablar o escribir, cada elección se convierte en una decisión consciente.

El lingüista Teun A. van Dijk, uno de los referentes del análisis crítico del discurso, lo explica con una idea sencilla: los discursos ideológicos dividen el mundo en un «nosotros» y un «ellos». Destacan lo bueno propio y lo malo ajeno, y atenúan lo contrario. Van Dijk estudió precisamente cómo la prensa habla de la inmigración, y sus conclusiones siguen vigentes: buena parte de los prejuicios no se transmite con afirmaciones explícitas, sino con la elección de palabras, el orden de la información o quién tiene voz en la noticia.

Ese ejercicio constante de observar, comparar y preguntarse por qué es la base del pensamiento crítico. Y es también la mejor defensa ante la desinformación, que se propaga con mensajes breves, emotivos y aparentemente seguros. La inteligencia artificial permite hoy fabricar textos impecables y falsos: la corrección formal ya no garantiza la verdad. Preguntarse quién habla, con qué intención y con qué recursos lo hace se ha vuelto imprescindible.

Más necesario que nunca

La distancia entre «avalancha» y «llegada», o entre «inquilino» e «inquiokupa», cabe en una lección de léxico y no es neutra. Lo que está en juego es comprender lo que se dice, expresar lo que se piensa y no dejar que otros decidan, a través de las palabras, lo que conviene pensar.

Este año en el Departamento de Lengua nuestro foco está precisamente ahí, en la atención al sistema lingüístico para ser más críticos.

Cristina Moreno, profesora y coordinación Dpto. Lengua

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