¿Cuál es el mejor recurso que podemos utilizar para favorecer que nuestros hijos e hijas, nuestras alumnas y alumnos, tengan una buena inteligencia emocional?

Afortunadamente tanto las familias como los docentes somos ya muy conscientes de la importancia de que nuestros hijos y nuestro alumnado cuenten con una buena inteligencia y educación emocional. Pero, a veces, se nos olvida que el recurso más potente con el que contamos para favorecerlo somos… nosotros mismos.

Qué tremenda responsabilidad y que privilegio a la vez… ¿verdad?

Nuestro modelo y las neuronas espejo

Nuestro modelo es imprescindible y mucho más potente que cualquier otro recurso.

La explicación de las neurociencias sobre la importancia del modelo nos llevaría a hablar de las neuronas espejo, descubiertas hace relativamente poco por Giacomo Rizzolatti y su equipo de investigadores de la Universidad de Parma, y que son las responsables de nuestros comportamientos imitativos, pero también de la empatía y de la sociabilidad de una forma muy determinante.

Estas neuronas, se activan cuando vemos una acción, aunque nosotros no seamos los protagonistas e incluso cuando no lleguemos a realizarla y solo la simbolizamos.

Las neuronas espejo se activan cuando otra persona está triste, contenta, cuando bosteza…

de forma que podemos imitar o empatizar con su conducta. Incluso realizar predicciones sobre su comportamiento (está enfadado, me va a gritar).

Este descubrimiento da respuesta a la cultura popular que tradicionalmente ha afirmado que los niños “aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos”.

Nadie dijo que fuera fácil

Y es que, ¡qué importante es contar con una buena inteligencia emocional! Y qué difícil es a veces ser buenos modelos y contar con recursos eficaces que nos ayuden cuando, en muchos casos, nosotros tampoco hemos contado con esa educación emocional que buscamos fomentar en nuestros hijos.

Y precisamente por eso, porque es fácil equivocarse, nuestra propuesta es:

  • Pedir perdón y contar hasta diez

Si, pedir perdón. Porque nos vamos a equivocar y no vamos a respetar sus emociones muchas veces (porque estamos cansados, porque ese día no tenemos paciencia…) o porque cuando la conducta de nuestros hijos nos hace enfadar respondemos con nuestra amígdala, que es instintiva e incontrolable, en vez de con nuestra corteza, que piensa y reflexiona.

Y por eso ese truco de “contar hasta diez” funciona. Da tiempo a que racionalicemos la conducta antes de contestar o actuar de forma impulsiva (tal y como le está pasando a nuestra hija o a nuestro hijo en ese momento de conflicto).

  • Somos su corteza

Debemos ser el modelo porque somos la corteza, la racionalidad, de nuestros hijos e hijas que aún no tienen completamente desarrollada la suya.

Y para poder serlo, debemos conocernos a nosotros mismos y ser capaces de autorregularnos. Eso incluye pararnos a reflexionar si lo que les decimos cuando están (y estamos) enfadados, es lo que debemos decirles racionalmente o si está influido por lo que inconscientemente hemos aprendido, nuestros miedos, nuestros recuerdos, experiencias previas, etc.

El primer paso, por tanto, es observarnos y ser muy conscientes del lugar desde el que actuamos.

  • Fomenta la expresión de emociones

Las emociones son inconscientes, involuntarias, contagiosas, subjetivas e intensas. Limitarlas es imposible, pero a cambio son muy cortas en el tiempo. Es el sentimiento, la racionalización de la emoción, la que puede permanecer más tiempo.

No podemos evitar sentir ira, alegría, miedo… y los niños tampoco. Expresar las emociones es el primer paso para reconocerlas. Y reconocerlas, la base para saber manejarlas.

Por eso debemos evitar minimizar las emociones de nuestros hijos e hijas, el famoso “no pasa nada” cuando se caen, cuando se sienten mal… Preguntarles por qué lloran, aunque, a veces, ni ellos mismos lo saben.

Nombrar la emoción que sienten y permitir que experimenten con ella les ayudará a ser capaces de reconocerla y a poder controlar la conducta que va asociada a esa emoción cuando llegue el momento. Todas las emociones son importantes y tienen una función que cumplir (son imprescindibles para la supervivencia).

Otra cosa es la conducta que va asociada a la emoción; está en ocasiones, sí tendremos que limitarla: puedo estar enfadado, pero no puedo tirar los juguetes porque lo esté…

  • La fórmula del APEGO de Naomí Aldort

Naomí Aldort (2009) en su libro “Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos”, utiliza la llamada fórmula del apego, que también puede resultarnos útil y cuyas actuaciones fundamentales se basan en:

A: Aislarse de las emociones del niño para encontrar la calma y actuar reflexivamente.

P: Prestar atención al niño y a lo que le sucede (poner el foco en la niña o el niño y no

en nosotros)

E: Escucharles, tanto lo que dicen, como lo que muestran sus acciones: colocándonos a su altura, estableciendo contacto visual, dándoles a entender que les comprendemos.

G: Garantizar la validación de sus emociones y necesidades.

O: Otorgar poder al niño o la niña para resolver su dificultad, confiando en ellos y ayudándoles cuando realmente lo necesitan.

Este último punto también es importante, especialmente con los más pequeños. Ya que tendemos a “resolver” siempre las situaciones conflictivas que surgen (peleas por juguetes, riñas entre hermanos, etc.) sin dejar que por sí mismos lo intenten.

  • Acompaña y confía

Un niño muy pequeño va a pedir nuestra ayuda para resolver sus conflictos. Es lógico

(acordaros, somos su corteza). Vendrá desconsolado a pedirnos apoyo cuando no le dejan jugar, le han quitado un juguete, le han pegado o mordido… en estos casos nuestra tendencia a resolver por ellos la situación es casi automática. Pero, probad a acompañarles. Cuando surge un conflicto y acompañamos al niño a pedir explicaciones le estamos ofreciendo la seguridad que necesita para hacerlo, y también le estamos diciendo que es capaz de protegerse a sí mismo. Importante para su autoestima, ¿verdad?

Esto se puede practicar incluso cuando aún no tienen lenguaje verbal. Nosotros pondremos el lenguaje (“dile a Juan que no te ha gustado lo que ha hecho”) y el pequeño podrá utilizar el lenguaje gestual para apoyar el discurso, diciendo que no con la cabeza, ofreciendo su mano para que le devuelvan el juguete, etc.

  • Cuenta la historia

Una vez que se encuentre calmado contarle lo que ha ocurrido, incluso que pueda contárnoslo es una estupenda idea, porque de esta forma será más consciente de esas emociones que sintió e incluso de la conducta que acompañó a la emoción, convirtiendo esta experiencia en aprendizaje. 

Los conflictos ayudan a crecer y son oportunidades de aprender.

  • Pon límites (antes, pronto, siempre)

Los límites son imprescindibles, y el afecto no está reñido con ellos, justo al contrario.

Poner límites es necesario, no solo por la seguridad física de nuestros hijos e hijas sino también por su seguridad emocional.

Querer al niño y confiar en él, no es dejarle hacer siempre lo que quiere, porque de lo contrario tendríamos pequeños tiranos que se convertirían en adultos insatisfechos e infelices y con escasa resistencia a la frustración.

Gracias a los límites aprendemos a distinguir lo que se puede o no hacer, nos ayudan a aceptar que la realidad no siempre se puede cambiar, a aceptar la frustración, a convivir con otras personas. También son un sistema de protección, nos ayudan a desarrollarnos en un entorno seguro.

¿Cuándo ponerlos? Cuanto antes, ya que de esta forma evitamos en gran medida los enfrentamientos. Si el límite está puesto antes de que surja la intención de incumplirlo mucho mejor. Y también pronto, desde que son pequeños. Y, por último, siempre,

porque cuando los límites no son estables, es lógico que intenten probar en cada ocasión, si lo son o no.

  • Evita situaciones de estrés, anticípate

A veces la mejor batalla es la que no se produce. Las situaciones conflictivas producen estrés tanto en nuestros hijos e hijas como en nosotros. Y el estrés es el mayor enemigo de nuestro cerebro y del suyo.

Cuando dejamos llorar a un niño por no hacerle caso, o le aislamos (sentarse a pensar, por ejemplo) su cerebro empieza a producir cortisol, una hormona asociada al estrés, que aún no pueden gestionar y que en edades tempranas es muy dañina.

Por eso anticiparse, cuando sabemos que están cansados, hambrientos, soñolientos…respondiendo a esa necesidad antes de que surja el conflicto, es una buena idea. E incluso a veces será suficiente distraer a su cerebro antes de que se produzca la rabieta, en la etapa infantil es francamente fácil captar su atención con otro estímulo que le haga olvidarse de que quería el jersey azul y no el rojo.

Y por último, terminamos como empezamos. Si los niños sienten, de verdad, nuestra cercanía afectiva, si somos capaces de transmitir nuestro cariño no solo con lenguaje verbal sino también gestual y táctil (importantísimo tocarles), ya estaremos siendo unos modelos estupendos.

Y esta última parte, quererlos, es la más fácil de todas.

Ana Muñoz

Coordinadora del Proyecto de Neuropedagogía

Escuelas Infantiles IDEO